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Origen del Zapallal

Cuentan que hace miles y miles de años, hubo un tiempo en que el mar se puso bravo y decidió inundar toda la tierra. Y por mandato de los dioses solo un hombre, su familia y sus animales se salvaron al huir a lo más alto de una montaña. Luego de muchos días, o tal vez meses, el mar se retiró, dejando como recuerdo enormes piedras carcomidas por el agua y que en la actualidad, podemos encontrar en algunos pueblos de la localidad del Zapallal. Y como todo en la vida, después de la tormenta llegó la calma, de nuevo la tierra se comenzó a poblar. También en el valle del Chillón y mucho antes de la llegada de los Incas. Las familias se organizaron, dedicándose principalmente a la agricultura y la pesca. Además, había otras actividades como; la música, artesanía, tejido, pastoreo, construcción, etc. Cultivaron maíz, frijol, pallar, yuca, camote, zapallo, pacae, lúcuma, ahuaymanto y tara entre otros. Además les sirvió mucho estar cerca al mar de Ancón, ya que pescaban y recolectaban mariscos y moluscos. Así como lobos y aves marinas que utilizaban para preparar sus potajes en su vida diaria y en las fiestas que organizaban. Esos pueblos eran gobernados por el Collí Capac, quien dirigía desde su palacio, entregando responsabilidades a los curacas o jefes de cada ayllu. Dicho sea de paso, se cree que el origen de la palabra Zapallal se debió al nombre del último curaca “Kapallal”, antes de la llegada de los españoles. Así pues, como vemos, la gente que hoy vive en el Zapallal ha heredado conocimientos milenarios que han ayudado y seguirán ayudando a la transformación de esta localidad donde se hayan agrupados más de ciento treinta pueblos, ubicado en el distrito de Puente Piedra, al norte de la ciudad de Lima, capital del Perú. Escrito por: Roxana Hoces Montes. En Zapallal

ANTONIO RAYMONDI EN CASMA

REGRESO DE ANTONIO RAIMONDI A CASMA (1868)  Por: Augusto LLosa Giraldo Llega por segunda vez Dn. Antonio Raimondi a Casma en el año de 1868, quien en su libro “El Perú”, escribe datos importantes sobre nuestra provincia.  Por la importancia de los mismos, reproducimos textualmente un hecho histórico sucedido en el pueblo de Yaután:  “Habiendo determinado bajar a la costa por la quebrada de Casma y subir enseguida nuevamente por la de Nepeña, salí de Huarás el 10 de enero de 1868 para la hacienda de Chacchán.  Después de casi de tres leguas de continuas subidas para llegar a la cumbre de la Cordillera Negra, a la pintoresca hacienda de Chacchán, escondida en una quebradita, se presenta de golpe al viajero que viene caminando por un árido camino que faldea los cerros, produciendo la más agradable impresión, la inesperada vista de su cómoda casa con la capilla, y los verdes y alegres sembríos de alfalfa. A mi llegada a la hacienda de Chacchán, hallé tropas, era un batallón de celadores que regresaba de Huarás a Lima y que se hallaba descansando para continuar su marcha por la tarde, como lo verificó en efecto. Al día siguiente salí de la hacienda para continuar mi marcha al pueblo de Yaután, que dista unas seis leguas largas, viendo de paso la pequeña población de Pariacoto, que se encuentra en la mitad del camino. En el pueblo de Yaután hallé nuevamente a la tropa que había encontrado la víspera en Chacchán, lo que no dejo de causarme una mala impresión, puesto que para mis estudios científicos necesitaba la tranquilidad y no deseaba estar acompañado, tanto más que en la casa donde fui a alojarme estaban ya alojados los jefes; pero como dicha tropa esperaba que bajase el para ponerse en marcha, por el momento me arreglé como pude, muy lejos de pensar lo que me iba a suceder. Eran las cinco o cinco y media de la tarde cuando llegó el Correo de Casma, anunciando un brusco cambio de gobierno en la capital.  Esta inesperada noticia alarmó a todos y en breves momentos se excitaron los ánimos; el batallón se sublevó contra sus jefes.  Como sucede en estas ocasiones, se despertaron entre la tropa todas las malas pasiones, tales como la codicia, los rencores, el deseo de venganza, etc. empezaron a exigir la división de la plata que había en la caja del batallón, en seguida unos proclamaban nuevos jefes y regresaban al pueblo de Pariacoto para ir a su encuentro, otros pedían la cabeza de algunos de sus jefes y el resto dispersándose por todos lados. Aquello era un alboroto, una confusión en que nadie se entendía; los peligros amenazaban por doquier y se hacían cada instante mayores, porque habiendo recibido la tropa su plata, se entregó a la embriaguez; de manera que, estando ya removidos todas la bajas pasiones, cometían los actos brutales propios de una gente insurrecta, armada y excitada por el abuso de bebidas alcohólicas. Sin embargo, el tumulto fue poco a poco apaciguándose; muchos se hallaban diseminados en las casuchas y entregados a la bebida; los demás iban abandonando el pueblo, unos tomando el camino de Casma y otros el de la Sierra; pero si hasta entonces habían marchado a pie, al hallarse libres de sus movimientos querían andar con más comodidad y buscaban bestias por todas partes, no respetando a nadie. Yo mismo tuve grandes dificultades para evitar que se llevasen mis propias bestias, y si en parte con cariño y en parte con cierta energía pude salvar las mulas, no escape de que se llevasen un caballo. A media noche, cuando todos se habían desbandado y el pueblo había entrado en silencio, me felicitaban a mi mismo de haber salido de tantos peligros, y hallándome sólo en la habitación que poco antes repleta de una turba desenfrenada e insolente, pensé en acostarme para tomar un poco de reposo, haciendo alistar mi cama en un catre que había dejado libre el Comandante de la tropa.  No había pasado una hora y apenas empezaba a conciliar el sueño, cuando oigo gritos descompasados en la calle, y entre la bulla distingo claramente las palabras de ¡MUERA EL COMANDANTE! Pocos segundos después unos tremendos golpes a la puerta de la habitación donde yo me hallaba, me hicieron comprender que esa gente buscaba al Comandante con malas intenciones, y querían entrar en la habitación, creyendo encontrar a dicho jefe en el catre donde yo me había acostado.   No conteste para ver si cansados de golpear, desistieran de su propósito, pero redoblaron los golpes, abrieron  la puerta a culatazos y entraron con furia con las armas en la mano, dirigiéndose a la cama donde me hallaba.  Entonces antes que cometieran un acto bárbaro, les hable para que reconociesen que yo no era la persona a quien buscaban, diciéndoles que el Comandante había salido del pueblo muy temprano, debo aquí confesar en honor suyo, que oyeron lo que les decía, respetaron, retirándose sin haberme dirigido la menor palabra ofensiva. Así termino una escena que había podido de un modo casual costarme la vida. Al día siguiente, permanecí en Yaután para componer mi barómetro, habiéndose roto el tubo, sin duda por algún duro golpe sufrido en medio de barullo.  Arreglado mi instrumento continué la marcha hacia Casma. El camino no es malo, siendo llano, exceptuando unas pequeñas subidas y bajadas en medio de cerritos en el lugar que llaman “Los Callejones”. Lo que más me molestó en este lugar del camino es el sol, principalmente en la parte descubierta y árida que se llama Pampa Colorada pero se puede evitar este inconveniente saliendo de Yaután muy de madrugada. A unas dos leguas antes de Casma se halla el lugar llamado Buenavista, donde hay varios ranchos y un poco de vegetación. Una pequeña alameda me indicó que había llegado a Casma, y al recorrer sus calles, quedé sorprendido al ver el cambio que se había efectuado en esta población, después de mi primer viaje sucedido hace nueve años antes. Halle esta vez mejores casas y tiendas de efectos que no existían en la época de mi primer viaje. En las inmediaciones del pueblo, observé algunas máquinas de despepitar algodón movidas por vapor, cuando en  1859 no existía sino una pequeña máquina movida por animales.  En fin, por todas partes veía más animales y adelantos. De la población de Casma pasé al Puerto del mismo nombre que dista solamente legua y media, y aún en este pude observar grandes mejoras, tales como el muelle, un hostal y una hermosa casa, construcciones todas verificadas después de mi primer viaje por la Costa. Así que hube visto la población y el Puerto, busqué lo que había de notables en los alrededores y los señores Buccelli no sólo me dijeron existir a tres  leguas de distancia, las ruinas de una fortaleza de los antiguos peruanos, sino que se ofrecieron a acompañarme al lugar. Visité en su compañía aquellos importantes restos de la antigua civilización, situados en la banda izquierda del río Casma y a una media legua más allá de la bella hacienda de San Rafael…” Debemos anotar que Dn. Antonio Raimondi, permaneció en el Puerto de Casma en casa de Dn. Manuel I. Reina Loli, alrededor de cerca de tres meses, así como en la casa de la familia italiana Buccelli en la hacienda de San Diego.  Es probable que aquí en este pueblo, conociera a quien luego sería su futura esposa de procedencia huarasina. Esta información falta verificarla. Por estos años anota López Raygada – se inicia la guerra de sucesión en los Estados Unidos de Norteamérica y así desaparece momentáneamente un fuerte productor de algodón. Por estas razones en el Perú se experimentó una fuerte alza en su cotización y, como tal su siembra en el valle de Casma se extendió en plantíos al conjuro de la bonanza económica de la población de Casma. Para esta época ya existía en el valle una máquina de despepitar algodón, tal como lo señala el sabio Antonio Raimondi en sus escritos antes mencionados. . En Yautan

ANTONIO RAYMONDI EN CASMA

REGRESO DE ANTONIO RAIMONDI A CASMA (1868)  Llega por segunda vez Dn. Antonio Raimondi a Casma en el año de 1868, quien en su libro “El Perú”, escribe datos importantes sobre nuestra provincia.  Por la importancia de los mismos, reproducimos textualmente un hecho histórico sucedido en el pueblo de Yaután:  “Habiendo determinado bajar a la costa por la quebrada de Casma y subir enseguida nuevamente por la de Nepeña, salí de Huarás el 10 de enero de 1868 para la hacienda de Chacchán.  Después de casi de tres leguas de continuas subidas para llegar a la cumbre de la Cordillera Negra, a la pintoresca hacienda de Chacchán, escondida en una quebradita, se presenta de golpe al viajero que viene caminando por un árido camino que faldea los cerros, produciendo la más agradable impresión, la inesperada vista de su cómoda casa con la capilla, y los verdes y alegres sembríos de alfalfa. A mi llegada a la hacienda de Chacchán, hallé tropas, era un batallón de celadores que regresaba de Huarás a Lima y que se hallaba descansando para continuar su marcha por la tarde, como lo verificó en efecto. Al día siguiente salí de la hacienda para continuar mi marcha al pueblo de Yaután, que dista unas seis leguas largas, viendo de paso la pequeña población de Pariacoto, que se encuentra en la mitad del camino. En el pueblo de Yaután hallé nuevamente a la tropa que había encontrado la víspera en Chacchán, lo que no dejo de causarme una mala impresión, puesto que para mis estudios científicos necesitaba la tranquilidad y no deseaba estar acompañado, tanto más que en la casa donde fui a alojarme estaban ya alojados los jefes; pero como dicha tropa esperaba que bajase el para ponerse en marcha, por el momento me arreglé como pude, muy lejos de pensar lo que me iba a suceder. Eran las cinco o cinco y media de la tarde cuando llegó el Correo de Casma, anunciando un brusco cambio de gobierno en la capital.  Esta inesperada noticia alarmó a todos y en breves momentos se excitaron los ánimos; el batallón se sublevó contra sus jefes.  Como sucede en estas ocasiones, se despertaron entre la tropa todas las malas pasiones, tales como la codicia, los rencores, el deseo de venganza, etc. empezaron a exigir la división de la plata que había en la caja del batallón, en seguida unos proclamaban nuevos jefes y regresaban al pueblo de Pariacoto para ir a su encuentro, otros pedían la cabeza de algunos de sus jefes y el resto dispersándose por todos lados. Aquello era un alboroto, una confusión en que nadie se entendía; los peligros amenazaban por doquier y se hacían cada instante mayores, porque habiendo recibido la tropa su plata, se entregó a la embriaguez; de manera que, estando ya removidos todas la bajas pasiones, cometían los actos brutales propios de una gente insurrecta, armada y excitada por el abuso de bebidas alcohólicas. Sin embargo, el tumulto fue poco a poco apaciguándose; muchos se hallaban diseminados en las casuchas y entregados a la bebida; los demás iban abandonando el pueblo, unos tomando el camino de Casma y otros el de la Sierra; pero si hasta entonces habían marchado a pie, al hallarse libres de sus movimientos querían andar con más comodidad y buscaban bestias por todas partes, no respetando a nadie. Yo mismo tuve grandes dificultades para evitar que se llevasen mis propias bestias, y si en parte con cariño y en parte con cierta energía pude salvar las mulas, no escape de que se llevasen un caballo. A media noche, cuando todos se habían desbandado y el pueblo había entrado en silencio, me felicitaban a mi mismo de haber salido de tantos peligros, y hallándome sólo en la habitación que poco antes repleta de una turba desenfrenada e insolente, pensé en acostarme para tomar un poco de reposo, haciendo alistar mi cama en un catre que había dejado libre el Comandante de la tropa.  No había pasado una hora y apenas empezaba a conciliar el sueño, cuando oigo gritos descompasados en la calle, y entre la bulla distingo claramente las palabras de ¡MUERA EL COMANDANTE! Pocos segundos después unos tremendos golpes a la puerta de la habitación donde yo me hallaba, me hicieron comprender que esa gente buscaba al Comandante con malas intenciones, y querían entrar en la habitación, creyendo encontrar a dicho jefe en el catre donde yo me había acostado.   No conteste para ver si cansados de golpear, desistieran de su propósito, pero redoblaron los golpes, abrieron  la puerta a culatazos y entraron con furia con las armas en la mano, dirigiéndose a la cama donde me hallaba.  Entonces antes que cometieran un acto bárbaro, les hable para que reconociesen que yo no era la persona a quien buscaban, diciéndoles que el Comandante había salido del pueblo muy temprano, debo aquí confesar en honor suyo, que oyeron lo que les decía, respetaron, retirándose sin haberme dirigido la menor palabra ofensiva. Así termino una escena que había podido de un modo casual costarme la vida. Al día siguiente, permanecí en Yaután para componer mi barómetro, habiéndose roto el tubo, sin duda por algún duro golpe sufrido en medio de barullo.  Arreglado mi instrumento continué la marcha hacia Casma. El camino no es malo, siendo llano, exceptuando unas pequeñas subidas y bajadas en medio de cerritos en el lugar que llaman “Los Callejones”. Lo que más me molestó en este lugar del camino es el sol, principalmente en la parte descubierta y árida que se llama Pampa Colorada pero se puede evitar este inconveniente saliendo de Yaután muy de madrugada. A unas dos leguas antes de Casma se halla el lugar llamado Buenavista, donde hay varios ranchos y un poco de vegetación. Una pequeña alameda me indicó que había llegado a Casma, y al recorrer sus calles, quedé sorprendido al ver el cambio que se había efectuado en esta población, después de mi primer viaje sucedido hace nueve años antes. Halle esta vez mejores casas y tiendas de efectos que no existían en la época de mi primer viaje. En las inmediaciones del pueblo, observé algunas máquinas de despepitar algodón movidas por vapor, cuando en  1859 no existía sino una pequeña máquina movida por animales.  En fin, por todas partes veía más animales y adelantos. De la población de Casma pasé al Puerto del mismo nombre que dista solamente legua y media, y aún en este pude observar grandes mejoras, tales como el muelle, un hostal y una hermosa casa, construcciones todas verificadas después de mi primer viaje por la Costa. Así que hube visto la población y el Puerto, busqué lo que había de notables en los alrededores y los señores Buccelli no sólo me dijeron existir a tres  leguas de distancia, las ruinas de una fortaleza de los antiguos peruanos, sino que se ofrecieron a acompañarme al lugar. Visité en su compañía aquellos importantes restos de la antigua civilización, situados en la banda izquierda del río Casma y a una media legua más allá de la bella hacienda de San Rafael…” Debemos anotar que Dn. 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